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Dirección estratégica en tiempos de incertidumbre 

Comunidad TUA+LAE
Tecnicatura Universitaria en Administración - Licenciatura en Administración de Empresas
La pregunta no es si hay incertidumbre, sino cómo la vamos a manejar. Cuando el contexto cambia más rápido que nuestras presentaciones, la estrategia deja de ser un documento y pasa a ser una práctica diaria: leer señales, elegir con criterio, ejecutar con foco y ajustar a tiempo. No se trata de adivinar el futuro, sino de diseñar opciones, definir puntos de decisión y sostener un ritmo de aprendizaje que deje a la organización mejor parada, pase lo que pase.


Lo primero es ponerle nombre a lo que enfrentamos. No es lo mismo operar con pequeñas variaciones que abrir un negocio en un entorno donde casi nada está definido. Si la incertidumbre se subestima, los planes quedan prolijos pero fallan; si se sobredimensiona, nos quedamos inmóviles. Cuando el margen de resultados posibles es acotado, conviene apretar la ejecución y cuidar la eficiencia. Cuando es amplio, conviene trabajar con escenarios simples y realistas, ensayar para “comprar información” y dejar escrito qué haremos si ocurre X o Y, con responsables y fechas definidas. La idea es construir dos capacidades: la resiliencia (recibir golpes sin romperse) y la opcionalidad (no casarse con una sola estrategia).
Una estrategia madura reemplaza la ilusión de control total por la disciplina de aprender rápido. Trabajar con “disparadores” ayuda: si pasa tal cosa en el mercado, hacemos esto otro, sin perder tiempo en debates de último momento. Pensar las inversiones como opciones también ordena: en vez de apostar todo el presupuesto de inversión de una vez (lo que muchos llaman “capex”, es decir, dinero para activos o mejoras de largo plazo), se financian pilotos chicos que validan supuestos. Si funcionan, se escalan; si no, se cortan sin arrastrar a toda la empresa. A esto se suma un “ciclo de respuesta corto” (OODA): observar, entender, decidir y actuar. No es improvisar, es acortar la distancia entre la señal y el movimiento, con datos a mano y autoridad clara para ejecutar. 

El norte debe ser estable y los caminos flexibles. Los equipos rinden más cuando saben hacia dónde van y cómo luce el “bien hecho”. Ayuda traducir la estrategia en pocos objetivos medibles (lo que suele llamarse OKR: objetivos y resultados clave) y leerlos en un tablero balanceado que mire más que la caja del mes: finanzas, clientes, procesos y aprendizaje del equipo. Las alertas tempranas aparecen antes en la calidad de entrega, la experiencia del usuario y la capacidad interna, y recién después en el resultado final. Ese norte conviene explicarlo con una narrativa breve y repetible, sin depender de un PowerPoint: dónde jugamos, cómo ganamos, por qué ahora y qué cambia para cada área.

La priorización es dirección, no humo. Cuando los recursos no alcanzan para todo, decir “no” también es liderar. En lo personal, conviene reservar bloques de trabajo estratégico para que la urgencia del día a día no se los coma. En el portafolio de iniciativas, elegir con criterios claros: impacto en los objetivos, tiempo hasta ver resultados, riesgos, costo de oportunidad y sinergias con lo ya iniciado. Elegir, comunicar y sostener. Si la hipótesis que justificaba un proyecto se cae, se corta. Estirar “un mes más” sin fundamento, es la forma más cara de desperdiciar recursos.
La incertidumbre hace más costosas las decisiones lentas y confusas. Por eso sirve un “gobierno mínimo viable”: definir quién decide qué, con qué información y con qué frecuencia. Una cadencia simple ordena: cada trimestre se revisan supuestos y se reasignan recursos; una vez por mes se lee el tablero y se actúa; una vez por semana, breve y al grano, se desbloquean riesgos y se alinean áreas. Cada instancia debe cerrar con decisiones por escrito, responsables y fechas. Si una reunión no cambia nada, solo produjo un reporte caro.

Cuidar la caja no es ajustar a ciegas. Finanzas puede trabajar con tres curvas de flujo de fondos: base, pesimista y optimista. Mantener un colchón de liquidez (el “buffer”) y líneas disponibles baja el susto. Conviene atar el uso de dinero a los escenarios y a umbrales concretos: si sube el costo del financiamiento y empeora la relación entre el valor que deja un cliente a lo largo del tiempo y lo que cuesta conseguirlo (lo que muchos llaman LTV/CAC: LTV es el ingreso total esperado por cliente y CAC es el costo de adquisición), se frena la expansión; si baja el CAC y la demanda responde, se acelera. Decide el umbral acordado, no el humor del lunes.

Los equipos que mejor navegan la incertidumbre dependen menos de “héroes” y más de sistemas simples que todos comparten. Delegar de verdad implica entregables claros, criterios de aceptación y límites de autonomía. Un buen onboarding integra a alguien en una semana con una tarea significativa y un mentor a mano. El feedback que corrige a tiempo se apoya en hechos, impacto, expectativa y apoyo concreto para mejorar. Cuando estas prácticas se vuelven hábito, la calidad deja de depender del ánimo del día y la mejora continua aparece sola.

Marketing y ventas deben ser aliados de la estrategia y no fuegos artificiales. Prometer poco y cumplir siempre, mostrar evidencia con datos y casos reales, y diseñar procesos comerciales que reduzcan fricción. Las métricas importan si sostienen la economía del negocio: más alcance o más leads sirven solo si mejoran el costo de adquirir clientes, la tasa de cierre y la retención. Si el posicionamiento dice una cosa y la ejecución promete otra, se paga doble: en márgenes y en reputación.
Con los datos, conviene ser sinceros: un tablero que no dispara acciones es decoración. La secuencia sana es entender qué está pasando, explicar por qué y recién ahí decidir qué conviene hacer. Importa la oportunidad del dato (llegar a tiempo) y elegir indicadores adelantados conectados a resultados. Si queremos retener, no esperemos al informe de bajas trimestral (lo que algunos llaman “churn”): miremos señales tempranas como adopción, tiempo hasta que el cliente ve valor y uso en momentos clave. Menos láminas bonitas, más decisiones que se puedan verificar.
Nada de esto avanza sin una narrativa que explique el “por qué ahora” sin grandilocuencia vacía. La estrategia se ejecuta cuando se entiende. Un mensaje corto y memorizable (qué cambia, por qué, qué se espera de cada rol y cómo se medirá) repetido con paciencia hasta que parezca obvio, vale más que cualquier eslogan. La obviedad, en este caso, es un logro: cuando el equipo puede anticipar la decisión correcta sin pedir permiso, la estrategia está viva.
También ayuda reconocer tropiezos comunes. Velocidad no es ansiedad: decidir rápido es sostener el proceso, los datos y la autoridad, no entrar en pánico. Enamorarse del plan es olvidar que un plan es una hipótesis con presupuesto y debe cambiar si cambian las premisas. Mirar solo finanzas es llegar tarde: la experiencia del cliente y el clima del equipo avisan antes. Escribir escenarios de ciencia ficción entretiene, pero no sirve; mejor escenarios plausibles con umbrales concretos. Delegar sin criterios solo compra retrabajo.
Poner en marcha todo esto no exige un año sabático. En treinta días se puede ordenar la salida: elegir uno o dos objetivos que realmente muevan la aguja y escribir por qué importan; armar tres escenarios con sus decisiones y umbrales; priorizar hasta quedarse con pocas iniciativas ejecutables y dejar el resto en espera sin culpa; traducir los objetivos a resultados medibles y montar un tablero simple; cerrar reglas de decisión y frecuencia de revisión; lanzar uno o dos pilotos tratados explícitamente como opciones, con criterios de avance o corte definidos. No buscamos perfección, buscamos ritmo.

Para pymes o equipos académicos la lógica es la misma, a escala. Un solo tablero con cuatro miradas (finanzas, cliente, procesos, aprendizaje), una reunión semanal corta para foco y bloqueos, un piloto por vez con fecha de corte y tres señales simples para decidir si acelerar, sostener o corregir: demanda, costo de conseguir clientes y costo financiero. La diferencia no está en el tamaño: está en la disciplina.
En síntesis, la estrategia es una conversación permanente con la realidad. Un buen director no adivina el futuro: diseña cómo su organización aprende más rápido que el resto. Eso pide humildad para corregir, coraje para cortar lo que no funciona y claridad para repetir el norte sin gritar. Cuando la estrategia funciona, se ve en cuatro cosas —decisiones, datos, ritmo y coherencia— y se nota en dos resultados: en los números y en algo igual de valioso, la tranquilidad con la que trabaja el equipo. 

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